“Es la Palabra de Dios la que suscita la fe, la alimenta, la regenera. Es la Palabra de Dios la que toca los corazones, los convierte a Dios y a su lógica, que tan distinta es de la nuestra; es la Palabra de Dios la que renueva continuamente nuestras comunidades… ”

— Papa Francisco

La Ascensión eleva nuestra naturaleza humana hasta el seno de la Santísima Trinidad. Para siempre, el hombre está en Dios. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ha introducido nuestra humanidad en el cielo. ¡Regocijémonos en el triunfo del Resucitado! ¡Alegrémonos de estar en Dios!

La gracia de la conversión es cada vez más frecuente en procesos personales de ingresos o de retornos a la Iglesia. Ante estos hechos se constata la efusión gratuita de la gracia. Sin embargo, la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona, por ello es necesario acompañar al neoconverso en su iniciación a la fe: “Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”.

Vivimos momentos propicios para sentir que la fidelidad al seguimiento de Jesús no solo depende del esfuerzo por mantenernos fieles a nuestra identidad cristiana, sino también del derroche de gracia y misericordia que recibimos. Conscientes de tanta gratuidad, surge la respuesta evangélica generosa.

El Evangelio de San Juan afirma una paradoja: ‘Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. La razón de esta afirmación que hace Jesús a los suyos está en la promesa del envío del Espíritu Santo, condicionado a que Jesús retorne al seno de su Padre Dios. ‘El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí’

La predicación de Pablo en el areópago de Atenas revela que el argumento evangelizador no se funda en estrategias discursivas ni en filosofías ideológicas, sino en el testimonio vivo de los creyentes en Jesús.

En varias narraciones bíblicas, a manera de un arquetipo, se repiten algunas constantes. El paso del Mar Rojo, las travesías del Lago de Galilea, la estancia en la cárcel, circunstancias adversas, y sin embargo, se experimenta paradójicamente la mano del Señor en momentos tan oscuros y difíciles.

Las referencias a la «sala de arriba», a hospedarse en una casa, a las brasas con un pez encima, y a la casa donde los apóstoles se reunieron y ofrecieron a Jesús un trozo de pez asado… Todas estas son alusiones eucarísticas, llamados a celebrar la comunión en el sacramento pascual por excelencia, la «fracción del pan».

Dios nos ha amado en su Hijo a fondo perdido. Jesús ha entregado su vida por todos los hombres. No se ha reservado el amor condicionalmente, según nuestro comportamiento. Podremos ignorar, rechazar, dudar del amor que Dios nos tiene, pero no podemos impedir que Él nos quiera.

El anuncio del Evangelio no es cómodo, ni a la carta. San Pablo recomienda a Timoteo: “Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio”

El Evangelio nos plantea una de las preguntas que Jesús hace, y que cada uno de nosotros debería hacerse: ‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe?’ No se trata de un conocimiento meramente especulativo, sino del conocimiento que proviene del amor hacia una persona y que revela su intimidad.

La fe en Jesús, el amor al Señor, la experiencia de gracia mueven el corazón del creyente para conformarse con el Maestro y desear seguir su ejemplo. Lo que determina el comportamiento del cristiano es la relación que mantiene con Jesucristo. Uno no es lo que hace, sino que más profundamente siempre tiene la posibilidad de renacer por lo que es.

La Iglesia nos insta a permanecer atentos a los signos de los tiempos, ya que en ellos también se revela la voluntad de Dios. Solo Dios es Dios, y Jesucristo es el único Señor. Aferrarse a las tradiciones puede convertirse en una forma de idolatría.