Gracias al aliento divino existe la creación, se colma de vida el universo, se reviste de belleza la naturaleza, se colma de bienes la tierra. “Y el Espíritu de Dios aleteaba sobre la faz de la tierra”.

El Espíritu Santo se derrama sobre las personas buenas de cada generación y va haciendo amigos de Dios y profetas, que anticipan el mejor modo de vida para toda la sociedad.

Por la gracia del bautismo, don del Espíritu Santo, somos hechos familia de Dios, hermanos de Jesús, coherederos suyos.

Gracias al don del Espíritu Santo, que derramó el Resucitado sobre los apóstoles, tenemos el regalo de la misericordia divina, sacramental, el abrazo entrañable de Dios, el perdón de nuestras ofensas.

Por la acción del Espíritu Santo la materia del pan y del vino se transforma y se convierte en el Cuerpo y la Sangre del Señor, con la que alimentamos nuestra fe, y al comulgar nos convertimos en concorpóreos y consanguíneos de Cristo.

El Espíritu Santo nos consagra y nos hace sacramentos de la presencia divina, nos habita y nos convierte en templos suyos, identidad sagrada ante los demás, y para nosotros mismos.

El Espíritu Santo, a través de sus mociones consoladoras nos susurra la llamada vocacional identificadora de nuestra existencia, como mejor proyecto de plenitud personal, si la seguimos generosamente.

El Espíritu Santo es el Amigo del alma, el Huésped divino invisible, el dador de todos los carismas por los que la humanidad se enriquece y complementa: quien profeta, quien evangelista, quien el don de curar, quien el don de enseñar…

Por el Espíritu Santo nos movemos hacia el bien, surge en la conciencia el deseo de paz, y nos hace sensibles para apreciar la bondad y la belleza.

El Espíritu Santo es discreto, pacífico, doméstico, como la brisa suave y la luz que permite ver la luz, el brillo de la armonía, del orden, de la generosidad que hace de las personas artífices de lo mejor.

El Espíritu Santo nos lo recordará todo, nos lo enseñará todo, nos dará el conocimiento teologal de la revelación y de la historia.

El Espíritu Santo será nuestro abogado defensor, frente a nuestros enemigos, y sobre todo nos defenderá de nosotros mismos.

Una actitud recomendada permanente es la de pedir la acción, la asistencia del Espíritu Santo en todo lo que se emprende, de manera especial a la hora de desear conocer la voluntad divina.

¡Ven, Espíritu Santo!

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