TEXTO EVANGÉLICO

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir:”Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis” (Jn 14, 27-29).

COMENTARIO

De manera anticipada, el Evangelio de san Juan, al referirse a la despedida de Jesús, evoca el saludo profético de Cristo resucitado cuando, en la mañana de Pascua, se presenta ante sus discípulos: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”» (Jn 20, 19).

Cuando se ama a una persona, se desea para ella lo mejor. En el caso de Jesús, lo mejor es su retorno al Padre, aunque ello suponga experimentar una cierta orfandad. El verdadero amor no busca su propio interés: «El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta» (1 Cor 13, 4-5).

La paz del Resucitado se convierte así en el signo autentificador de todo discernimiento. «Cuanto en Dios, tanto en paz», decía el Maestro Eckhart. San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, aplica la experiencia de la consolación para distinguir por dónde se debe avanzar: «Llamo consolación a todo aumento de esperanza, fe y caridad, y a toda alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su alma, aquietándola y pacificándola en su Criador y Señor» (EE 316).

PROPUESTA

¿Tienes paz?

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