Jesús nos enseña uno de los ámbitos de la oración más íntima, la estancia en soledad, para posibilitar el encuentro con su Padre. Jesús busca la soledad como espacio de relación con Dios.

La soledad es la compañera más íntima en el desierto, la oportunidad única de poder saber más de uno mismo, ocasión de conocer que uno está hecho para el Absoluto. La soledad es la puerta de la relación amiga con Dios, llamada fascinante a entrar más adentro, sello de divinidad y identifica a los que saben ser de todos.

Hace falta distanciarse del contexto habitual para descubrir las dependencias e idolatrías que nos amenazan, si es que no hemos sucumbido ante ellas. Jesús, alejado del Jordán, padece la tentación, y se convierte en testigo de la victoria sobre el mal.

El desierto es el espacio regenerador y el tiempo autentificador, el tramo liberador y la tregua necesaria para el retorno, donde los sucesos son providencia, pan del cielo, y donde todo se revaloriza, al tiempo que todo se relativiza. Es la prueba esencial para llegar a la plenitud, tras cuarenta años de travesía, que significa toda la vida.

Dios recrea el desierto en lugar habitable, donde pasan las cosas de Dios y el alma, cunado nada ni nadie estorba el encuentro.

La tierra árida, seca, sin habitantes, habitada por demonios, se convierte en lugar donde Dios vuelve a enamorar a su pueblo. En el desierto o se muere o se renace. Se enloquece o se adquiere la sabiduría, uno o se hunde en su fragilidad o alcanza el heroísmo de los mártires y de los padres y madres del desierto.

Hoy, en muchos lugares, se disponen homenajes al Santísimo Sacramento. Es como si quisiéramos obedecer a la petición que Él mismo hace a los suyos de preparar un lugar adecuado y digno para celebrar la Cena.

TEXTO BÍBLICO “María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña,…

El que tiene experiencia de Dios no especula con ella, es discreto, y nunca se cree con derecho a la gracia de sentir dones extraordinarios. Dice Santa Teresa: “Pues consideremos que este castillo tiene ­como he dicho­ muchas moradas, unas en lo alto, otras embajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma”

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava.

Mano tendida: “Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”

La oración cristiana se define como relación con Dios. No es tanto un ejercicio ascético, ni una meditación introspectiva, cuanto una relación interpersonal en todas sus posibilidades. A tiempos será afectiva, y otros momentos silenciosa, pero siempre es saberse ante Otro.

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